jueves, 11 de febrero de 2010

Dos versiones del frío

DIADEMA

Pensativa en el cristal,
vas deshilando la escarcha.
No sabes que son tus dedos
el telar de la mañana.

Al calor de tu memoria
cae la tarde fugitiva,
allí donde rompe el viento
su vieja guitarra herida.

Pasas las páginas lentas
del invierno por sus calles
y ocultas entre las horas
la luz muerta de los ángeles.

***

ESTRELLA

Ánfora rota de escarcha
entre las ramas en vilo.

Temblor de cielo desnudo,
de noche antigua y destino.

Entre las ramas la estrella
derrama su larga muerte
y se vacía en su símbolo.

martes, 9 de febrero de 2010

Apunte (3)

Hay escritores cuya poética les precede como a otros la fama de su vida goliardesca. Como una maldición. Mis discrepancias con los apriorismos estéticos de Agustín Fernández Mallo es múltiple y variada. Asunto que ni me quita el sueño ni creo que tampoco desvele mucho al autor gallego. Cada pájaro en su nido y, si hay debate, con perdón de la rima, bienvenido. En todo caso no creo que estos excesos teóricos sean malos ni tan siquiera para quien los produce. Recordemos que las opiniones más desnortadas sobre la poesía de San Juan de la Cruz fueron las del propio San Juan de la Cruz. Afortunadamente, como gran poeta que fue, pudo zafarse sin difilcultad de eso. ¿No sería deseable que algunos críticos también dejaran de lado sus prejuicios y se guardaran sus no del todo declarados desencuentros personales a la hora de considerar la obra de alguien? Parece mentira que a estas alturas tengamos que recordar lo que es de cartilla básica. La literatura de Fernández Mallo, como la de cualquier escritor, tiene derecho a un juicio justo y limpio.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Hexámetros y caballos

Este pequeño texto nació a la sombra de un comentario que escribí, in illo tempore, en la bitácora de Julio Martínez Mesanza, en una hermosa entrada donde se hablaba de caballos.

***

Como el resto de su distinguido gremio, se ganaba la vida cantando historias en los banquetes de los grandes hombres. Y aunque todos ya conocían de largo esas historias, él sabía que cualquier canción es nueva cada vez que se canta, y manejaba los engranajes precisos, según le habían enseñado los más viejos, para mover el ánimo elemental de su auditorio en un momento dado, y solicitar la atención para la risa o el llanto, para la intriga o la cólera. Pero llevaba mucho tiempo en silencio porque buscaba un verso. Concretamente, buscaba un hexámetro, aunque él no lo llamaba así. Nunca se le había resistido antes un hexámetro, o lo que fuera aquello, y esos seis compases siempre habían acudido con docilidad de su memoria a sus labios cuando los necesitaba. Desolado, reclamó la ayuda de los dioses en que no creía, y los dioses también le entregaron su silencio.

Hasta que una mañana se paró a mirar unos caballos que pacían en un prado. Estaba cansado de ver caballos desde niño, pero aquella visión incorporaba las primicias de un sueño, y esas bestias se le revelaron entonces hermosas y terribles hasta el dolor, como recién creadas bajo el sol, como si por un momento albergaran en su perfil, en su definitiva osamenta, la llave de toda la creación. En la mañana de la memoria, infinidad de imágenes o presagios comenzaron a solaparse en su frente, uno tras otro, sin descanso. Vio rostros, nombres y lugares formando parte de una única y vasta tela. Vio a una reina sola y triste que tejía esa tela con minuciosa mansedumbre. Descubrió un engranaje que nunca le habían enseñado los más viejos de su gremio, aquel que mueve el auditorio a la esperanza, y a creer que la ciudadela nunca va a caer en llamas, o que algún día ha de llegar un vagabundo del numeroso mar para reclamar su trono y abrazar a la reina que teje sola y triste. Las dos caras de una baja moneda. Aquella mañana extraña y mitológica murió el artesano y nació el poeta. Sabía que el camino iba a ser muy largo, tanto el de ida como el de vuelta. Pero para el primero ya conocía la cifra exacta de hexámetros —muchos, miles— que tendrían que sucederse en un claro orden hasta llegar al verso que le había sido regalado:

Así se celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.

Se marchó corriendo a casa, y tropezó dos veces, mientras uno de esos caballos lo miraba distraído con un poco de hierba en la boca.