sábado, 12 de julio de 2008

Inevitables lunas

El diccionario etimológico de la lengua latina de Alfred Ernout y Antoine Meillet fue un libraco que me hizo mucha compañía en la carrera. El Ernout-Meillet, lo llamábamos, ya con la confianza que impone el gremialismo. Si lo abría en la biblioteca, en aquellos tiempos en que litigábamos por ver quién se descolgaba con el volumen más temerario, nunca dejaba de maravillarme. Los ojos querían pasear entre los pilares de esa rectilínea tipografía didot, tan racional y francesa, veladora, sin un resquicio para elucubrar, sin la sensualidad de las curvas que poblaban las letras renacentistas, sin un solo regazo para la fe. Ah, y las lenguas y dialectos a los que hacía referencia: antiguo indio, iranio, avéstico, osco, umbro, eslavo, gótico... pero todas citadas en francés, que era más chic. Era consultar el Ernout-Meillet cinco minutos y uno salía de esas páginas con las ínfulas de ser un experto comparativista.

Yo nunca quise desprenderme de esa grata sensación y, cuando pude permitírmelo, me compré un ejemplar del Ernout-Meillet para mi disfrute personal. Acabó sin remedio en la dulce anarquía de mi mesilla de noche. Y algunas veces recurro a él en mis insomnios, como el niño que quiere que le lean un cuento y no tiene a nadie que se lo lea. ¿Es una enfermedad? No sé. Al menos, el subtítulo del volumen tranquiliza un poco mi conciencia: «Histoire des mots», histora de las palabras. Lo abro al azar, como las mil y una noches, con la certeza de que cada palabra tiene una historia. La etimología, no lo olvidemos, es una ficción. O un símbolo, como la máquina del tiempo. Pero a mí me gusta dejarme acunar por mis Sherezades de cabecera que son esos dos notables lingüistas franceses con corbata o pajarita.

La otra noche, al abrirlo, me encuentro con la entrada Luna,-ae. Ya me la sabía, pero los cuentos, aunque sabidos, uno quiere volver a escucharlos. Y me dejo. Luna, es la sustantivación de un antiguo adjetivo femenino. Sería algo así como «la luminosa». Las palabras, es bueno recordarlo, no dejan de ser metáforas que han viajado mucho. Decir "la luminosa" es como no querer o no poder nombrar a la luna directamente, o como querer acariciar y atesorar ese nombre secreto. La raíz indoeuropea es *leuk- o *louk-. También se encuentra presente en el griego selene (Safo, lesbia, diría selanna) o en el latín lucus. Y en lunaticus.

Cierro el libro. Pienso, durante esa porción de la noche, en mi hipotético lejano ancestro con asterisco en la voz que una vez dijo, levantando la cabeza en otro insomnio mucho más puro que el mío, «la luminosa», y se quedó tan a gusto. Y le doy las gracias. Llevo media vida huyendo de la luna. La luna, en poesía, ha sido tantas veces una mera quincalla, un ornamento vano, un naipe sucio de ilusionista de feria. Y eso, sin duda, va labrando unos prejuicios muy insanos.

Y los prejuicios escarban, lentamente, ese confortable agujero de razón y cautela, donde la luna ni nos rozará. Pero a media humanidad le duele la luna cíclicamente. Y sabemos, en el fondo, que es inútil esconderse y que de nada sirve arañar una noche más terrible y más oscura dentro de la noche, porque ella, la luminosa, con su palmaria feminidad, nos acabará encontrando, incluso entre las severas murallas de una tipografía racional.

sábado, 5 de julio de 2008

Lecturas de verano en DVDEdiciones.com

Llega el final de curso a la web de DVD Ediciones. Desde aquí, y por lo que a mí me toca, quiero dar las gracias por la inmensa acogida que el sitio ha venido teniendo hasta ahora. Y gracias también a los magníficos poetas que se han dejado invitar hasta el momento. Por eso hemos decidido seguir al pie del cañón, a ver qué pasa. Sergio Gaspar, el director de la editorial, y un servidor, vamos a inaugurar dos blogs paralelos dentro de la página para contarles nuestras lecturas de verano. Todo un género literario, no me digan. Hablaremos de los libros que vamos leyendo (o no vamos leyendo), pero también de nuestros blogs favoritos, de las hojas parroquiales o el folleto de instrucciones de un ventilador comprado en una tienda de todo a un euro: hay un momento para todo, entre la horchata y el tinto con gaseosa. Tenemos intención de empezar la próxima semana, antes de que se nos pasen las ganas y las lecturas de verano se conviertan en lecturas otoñales de verano, que es otro género literario. Los enlaces podrán encontrarlos en el inicio de la página. También, ¿cómo no?, tendremos nuevas firmas invitadas durante estos meses. No se quejarán.

Entretanto, y para compensarles los excesos publicitarios, les dejo el célebre fragmento de la genial "Un cadáver a los postres", uno de los más delirantes diálogos de la histora del cine. Ya saben, James Señor Benson Señora...

martes, 1 de julio de 2008

Ciudades perdidas

Hace mucho tiempo tuve un sueño que me dejó preocupadísimo. Yo era arqueólogo, nada menos, con un nivel de certeza que no se atrevería a discutir ni el más temible tribunal academico. Este gran detalle de mi inconsciente ya me hubiera hecho del todo feliz, pues no recuerdo haber cambiado nunca de profesión en un sueño. Pero lo mejor estaba por llegar. En efecto, con la autoridad que me daba mi nuevo estatus intelectual, juzgué oportuno iniciar unas audaces excavaciones debajo de mi cama. Tras arduo trabajo y no pocos destrozos encontré, con la misma fe del loco Schliemann para con su Troya, las ruinas de una ciudad inmensa y maravillosa, casi intacta a los vicios del tiempo, con todas sus lentas avenidas, sus orgullosos palacios y sus arriesgados monumentos. Yo buscaba esa ciudad. De hecho, me sentía un gran experto en esa ciudad. Había pronunciado terminantes disertaciones sobre ella ante otros colegas arqueólogos que me acompañaban en mi sueño, amigos oníricos ocasionales con los que nunca volví a coincidir. Y todos me aplaudían, y yo asentía hinchado de soberbia, repartiendo bendiciones a discreción. Y conocía el nombre de esa ciudad y lo repetía una y otra vez, fonema a fonema, de viva voz o en artículos publicados en las más rigurosas revistas. Era la palabra más hermosa que había escuchado jamás. Era una palabra larga y alambicada, y encerraba entre todas sus imposibles letras la historia de la ciudad. Pudiera haber sido una canción de cuna o una letanía de héroes o un catálogo de venganzas o una terrible historia de amor. La palabra era, en el fondo, la ciudad, pero también nombraba a todas las ciudades olvidadas, a todos los hombres y mujeres que habían merecido formar parte de una ciudad, a la vida y a la muerte y a la esperanza. Y cuando más satisfecho estaba de mis hallazgos, desperté y me dí cuenta de que ya no tenía la palabra en mis labios. Sólo ese nombre mantenía los preciosos edificios en pie y sus desafiantes balaustradas. El olvido trajo, inevitable, polvo, escombros y ruinas. Todo se vino abajo y un servidor, qué pena, ya no era arqueólogo, y mi voz ya no valía nada en los altos foros..

Reconozco que me obsesioné muchos días con la dichosa palabra perdida. Era tan bonita. Ensayé, sí, desde la vigilia, vanas combinaciones de sílabas, desastrosas, horribles. No era eso. No era eso. Qué tortura... Hasta que un día me encontré con mi amiga V., compartimos unas cervezas y no pude evitar relatarle el sueño que les he referido. Ella me escuchó con la misma compasión que ustedes, amables lectores, tal vez hayan aplicado a estas líneas. Cuando terminé de desahogarme guardó un silencio de esfinge. Yo insistí: "joder, que no me acuerdo del nombre''. Ella apuró su cerveza, me ofreció un cigarrillo y sentenció sin piedad: "ni te acordarás nunca''.

Cómo lo comprendí y qué lección me dio. No hay mejor regalo que le puedan hacer a un hombre que la constatación de un misterio o el don de la ignorancia. Este eterno aprendiz de poeta ató cabos y se quedó tranquilo. La historia de mi vida ha sido siempre perder y perder cosas: desprendimientos, olvido, ansiedad. A veces, sin embargo, la vigilia se roza con el sueño. En esos contados momentos pueden surgir unas palabras, un verso, acaso un poema. Pero sólo son ecos, murmullos, presagios. Porque el nombre de la ciudad perdida siempre nos estará vedado. Y nuestro mejor poema será no encontrarlo nunca.

Mi amiga V. hace poco ha sido madre por primera vez. Ayer la ví y me presentó a su retoño dormido en su cochecito. Ella ya no fuma, yo sí. Paseamos un buen rato hasta poco antes de ponerse el sol. Entre la conversación intrascendente quise darle las gracias por aquella respuesta suya, pero no supe cómo hacerlo. Hubiera sido una salida de tono. Nos despedimos. Dos besos. Juan manuel, tienes que dejar de fumar. Y ella se aleja con ese cuidadoso descuido que sólo saben tener las madres con el universo, empujando un largo sueño y seguro que unas incipientes, aunque notables, excavaciones arqueológicas.